Bucea por KukupaPunda Productions

viernes, 25 de enero de 2013

ANGIO. Una variación de día sin facebook





LA VIDA SIN FACEBOOK
 


Aquella mañana levantóse Andróginos Papoulos, mítico griego de la Atenas profunda, con ganas de plantar un pino romántico en su muro de facebook, al alud de los acontecimientos que sucediéronle esa noche con su actual concubina, Georgiaaàs Estalaktheka. Había follado como nunca, el zagal, y mira por donde que estaba con toda la inspiración en el alma, el rabo tieso todavía a pesar de tanta fricción y un grito en la boca que su boca no gritaba pero que sin duda saldría por algún sitio. O por el boli o por el rotulador de entrepiernas.

El caso es que nuestro risueño protagonista agarró su desgastado toshiba y lo encendió. Encendióse también un matutino cigarro aliñado de homero (que es como los griegos dicen romero) y miró a la ventana, que daba justamente a la implacable Acrópolis ateniense. "Era la hora el estupor que ardía como un faro", que dijera Neruda. Rompía el alba por detrás su jugoso sabor a zumo de naranja y tostadas.  A yema de huevo amarillo.

Mientras arrancaba el toshiba (tardaba un buen rato) accedió a la evocación del ventanal y se hizo dos tostadas con aceite de oliva y mermelada de tomate y también un zumo de naranja natural, y volvió a sentarse en su sillón preferido. El toshiba hizo ademán de arrancar. Pero no pudo ser. Sugirióle un reinicio y Andróginos imaginó otra oportunidad. La oportunidad de contemplar el sugerente paisaje que se mostraba tras la ventana.

Reinició el viejo aparato nipón y volvió a mesarse la barba mirando hacia la ventana. Era maravilloso. Desgustó un pequeño sorbo de zumo de naranja y parecióle estar bebiéndose el mismo maná. Empezó a degustar las tostadas despacito, como el toshiba. Y la mezcla de sabores (tostadas, amaneceres, naranjas) parecióle un completo nirvana. Se recostó hacia atrás 10 minutos después, ya un poco cansado de la postal. Miró al toshiba y mostraba el escritorio, señal de proceso cumplido.

El caso es que ni la inoportuna espera ni la maravillosa visión aminoró el deseo ardiente de Andróginos por escribir un poema y publicarlo en su Facebook. Decidido, abrió el navegador Firefox y marcó la dirección en cuestión y accedió a su cuenta.


Pero desde el principio todo empezó a ser muy extraño. Aquello no estaba como él lo había dejado. Para empezar no veía su barra de navegación de mensajería y/o notificaciones. Cosa fatal para Andróginos, pues su publicación diaria en facebook era para él lo que la homiliía fue para el malogrado Faustino (protagonista de Faustino. La Fe. La Lucha). Para Andróginos el facebook era como para Camarón el duende (o la heroína, según se mire).

Pero Andróginos era un tío cabal, mesurado y con una flema heredada de su madre, una ruda irlandesa de la fría y valiente Belfast, llamada Mary O´Connor. Asíque se encendió otro cigarro y trató de encontrar la solución. 

Entonces entró en el google (aunque tardó en realidad por lo menos 8 minutos, porque el toshiba ya estaba para pocos trotes), y buscó alguna noticia relacionada. Lo que encontró Andróginos fue que google estaba petadísimo de noticias sobre aquello. 

Por lo visto nadie tenía facebook desde hacía días y ya comenzaban a aflorar las primeras consecuencias. Un titular del prestigioso "New York Times" (Andróginos no sabía inglés ni quería saberlo, pero la foto era clarividente), decía que brotaban numerosos casos de gente que pintaba en los muros de las calles en plan muro de facebook.

Andróginos no se acordaba del tiempo que se había tirado metido en la habitación solo a base de sexo y saliva, bebiéndose a bocados cada parte del cuerpo del otro y comiendo de los restos, lo que queda, lo que nace nuevo otra vez y te lo vuelves a comer. Ajeno a todo lo que ocurriera más allá de la puerta del baño. 

Lo achacó a la insistencia de Georgiaaàs o al cannabis. O al amor en sí, ya que todo él es deseo y persistencia, indiferencia a todo lo que no sea él y su circunstancia.

El caso es que desde hacía días que el servicio de facebook había quebrado, e incluso Mark Zuckerberg tuvo que tomar cartas en el asunto a instancias de la policía, a la que todo este asunto se les había ido de las manos.

Cada vez eran más los edificios que amanecían con sus muros enteros grabados con algún dibujo, tapados a base de fotos o simplemente escritos con rotulador.



Andróginos, no obstante, no solo no se preocupó ante la falta de su herramienta de expresión cotidiana. En un giro inesperado a su forma de pensar le pareció tan fabulosa la idea, que comenzó a divagar. Empezó a soñar ciudades enteras como facebooks a tiempo real. Se imaginó las calles como biografías elocuentes de lo que ocurre contado por quienes ocurren mientras ocurre. Pensó en mensajes privados en las puertas de las casas, publicaciones en los zócalos aburridos y despintados, con pensamientos, con ideas, con noticias, con fotos... Le pareció bien pensar que los escaparates dijeran "¿qué piensas?" y no tanta publicación económica.

Las ciudades enteras serían libros abiertos de historias cercanas, alegres o tristes, de amor o de indiferencia, reflexiones profundas o comentarios abusurdos en fotos de fiestas. Pensó Andróginos que sería divertido ver a la gente escribir en una pared lo que siente. Por puro deseo.

Es verdad que con internet tienes acceso a que te lea más gente, pensaba, pero también es verdad que no sabes qué tipo de gente.

Entonces imaginó a una pareja cuyo primer encuentro furtivo quedaría plasmado en un muro blanco de cualquier parque, escondido, perpetuo, testimonio eterno de unos besos que no podrán ser olvidados. Y después pensó en facebook.

Volvió entonces la mirada a la ventana (el toshiba se había vuelto a colgar temporalmente) y volvió a contemplar el magestuoso monumento de la antigüedad.

Imaginó a Homero escribiendo la Odisea en los adoquines del Propileo, palmo a palmo. Imaginó a Pericles publicando sus ideas en los muros del Templo de Atenea Niké, o a Diógenes murmullando sus diatribas en los rincones oscuros del Erecteion.

Determinó dejar de soñar y parecióle bien la idea de volver a la cama. Dio una última calada y de un trago acabó el zumo de naranja.


Antes de volver a la habitación escribió en la ventana, sobre el Partenón:  


"ME GUSTA"








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