Bucea por KukupaPunda Productions

lunes, 15 de abril de 2013

Cap 5. "La celada"


-Escucha, Paloma...eso fue hace mucho tiempo...no remuevas ahora la mierda -dijo Azucena, cuyo semblante había cambiado en un momento de su característica arrogancia a un nerviosismo incontrolado. 
-Me da igual cuando fuera. Para mi mi marido ha dejado de existir, tú ya hace tiempo que no eras nada para mi. Claro que, lo peor será cuando se entere tu marido. Cómo sentaría una noticia de tal magnitud en la comarca, ¿Verdad? Se mancharía vuestro impoluto apellido.
-¿Qué quieres de mi, Paloma? ¿Quieres a mi hijo? Llévatelo. ¿Quieres dinero?
-No todo lo vas a comprar con dinero en ésta vida, Azucena. Y a tu hijo no me lo tengo que llevar como si fuera un secuestrado. Tu hijo tiene que estar con su novia que, por desgracia para ti, es mi hija. Tu hijo no tiene culpa de la madre que tiene.
Pedro no paraba de fumar en aquella escena de tensión que terminaba de formarse. Permanecía, serio, junto a su suegra intentando no derrumbarse en aquel cruce de acusaciones. Si nunca había estado de acuerdo con la política y el carácter de su madre, ahora, tras haberse enterado de aquel desliz pasado con el patriarca de los Montijo hacía que la negatividad lo invadiese por momentos.
-Tú no vas a amenazarme en mi propia casa con cosas que no eres capaz de hacer. ¡Maldita la hora en que nuestros hijos se conocieron! ¡Pedro! (Azucena mira fijamente a su hijo) ¿No había mejores mozas en la facultad? Te hemos dado la mejor educación. Los mejores colegios privados, todos los lujos, una familia que siempre te ha querido. ¡Mira tus hermanos! Uno casado con una abogada, y tu hermana casada con un inspector de sanidad, nada más ni nada menos...Y tú, Pedrito mío (finge un sollozo nervioso) ¿Vas a arrimarte a la mujer de éstos muertos de hambre? Después de la envidia que nos han tenido siempre...que nunca han asumido que el aceite de ésta comarca es nuestro... 
-¡Madre! ¡No voy a tolerar de ningún modo que trate así a la mujer que dio la vida a mi razón de ser! Por mucho que la duela...quiero a Sofía Montijo, y me he de casar con ella. Y si eso es un problema para usted o para el padre de ella... ¡Nos fugaremos! Y eso nadie podrá impedirlo...
Pedro pronuncia con rostro firme y voz grave éstas palabras que hacen emocionar a Paloma, quien le coge fuerte de la mano. A Azucena parece faltarle el aire. Se deja caer en el capó de su coche y se limpia el sudor con un pañuelo de seda. Tras ello mira a su hijo como si acabase de cometer un crimen.
-¿Ya estás contenta, lagarta? Ya te has encargado de lavarle la cabeza a mi hijo. ¡Ay, Pedro...siempre fuiste el más débil! Acabarás siendo como ellos. A veces hasta en las mejores familias...
-(Paloma la corta) Estoy ya hasta lo que no tengo de escucharte dirigirte en ese tono hacia mi y los míos. No voy a tolerar más vejaciones. Pero, te vuelvo a repetir, que para odiar tanto a los Montijo no se como pudiste liarte con mi marido, pedazo de zorra. Pero tu querido marido se hade enterar de ésto, por supuesto. Ese pobre hombre no puede continuar engañado ni un minuto más.
-¿Qué le vas a decir a mi marido? ¡Qué vas a decir tú! ¿Crees acaso que va a creer a una verdulera como tú?- Estalla Azucena en el momento más tenso de aquella desafortunada discusión. Pero nadie allí presente se esperaba lo que todavía estaba por acontecer.
 [...]
-¿De qué me tengo que enterar? -dijo extrañado J.Ignacio, una de las principales víctimas de aquel enredo. El esposo de Azucena había regresado inoportunamente a la hacienda tras darse cuenta a medio de camino de su oficina en Jaén de que había olvidado su maletín con todos los documentos que tenía que enviar a la Junta. Había entrado por la puerta de atrás, atravesando todas las naves del complejo, y había escuchado la fuerte discusión desde el interior de su despacho. Azucena enmudece. Paloma no pudo ocultar un gesto de gusto al ver aparecer al, junto con ella, principal afectado por aquel duradero desliz entre sus respectivos. Pedro observa y se limita a callar, tiene helada la sangre y no sabe qué más puede ocurrir en aquella batalla campal.
-Eso, Azucena. Cuéntale a tu marido. Dile que ha vivido engañado. Como yo he vivido engañada. Como mis hijos y los tuyos han vivido engañados. Venga, ¡Cuéntaselo!
J.Ignacio se dirige hacia a su mujer. La ase bruscamente del brazo. Azucena permanece inmóvil. Agacha la mirada. Su marido le roga que le cuente qué está ocurriendo. A qué se debe la presencia de la madre de los Montijo en la puerta de su casa.
-Verás, cari... Paloma ha venido porque bueno...ya sabes que los niños están juntos...y bueno...quieren verse...así que estábamos hablando aquí...y nada, ya le he dicho a Pedro, ve con ella a ver a tu amor...es que está algo pachucha la chica ¿Sabes?
Pedro hace un gesto de incredulidad. No puede creer donde es capaz de llegar su madre. Pero J.Ignacio reconoce las mentiras de su mujer a la perfección. Pues no es la primera. Como la vez que dejó la tarjeta en números rojos tras uno de sus días de compra compulsiva o como la vez que hizo negocios con los americanos a sus espaldas.
-Azucena, por lo que más quieras. Cuéntame la verdad. ¿Qué dice esta señora de un engaño? ¿Qué has hecho esta vez? ¿Qué ha ocurrido?
Azucena se limita a balbucear. Agacha de nuevo la mirada y no es capaz de afrontar la situación. J.Ignacio no quiere gritar, al fin y al cabo está perdiendo tiempo pues, ya debería estar llegando o haer llegado hace un rato a Jaén. No quiere perder ni un minuto más.
-Paloma, pese a que nuestra relación nunca haya sido muy cordial. Se que eres una mujer de bien. Se que no eres amiga de la mentira. Cuéntame, por favor, que está ocurriendo. Por la salud de tu hija.
-Claro, José Ignacio. Creo que tienes tanto derecho tú como yo de enterarte de lo que ha estado sucediendo cerca de cinco años. Yo tenía un velo en los ojos y durante años no quise darme cuenta de nada. Pensé que era producto de las malas lenguas y los chismorreos populares pero...junto con pruebas y voces de buena tinta pude saber del romance en secreto que tuvieron tu señora esposa y mi bruto y santo marido. Te lo expongo breve pues no quiero hacerte sufrir.
J.Ignacio palidece. Mira fijamente a su mujer, quien lo mira con ojos vidriosos. Después mira a su hijo, quien asiente severo. Hace un abstracto gesto de gratitud a Paloma y después se echa una mano a la cabeza.
-Tan sólo te lo voy a preguntar una vez. ¿Es eso verdad? (La pregunta hacia su esposa es directa)
Azucena no tiene voz para responder a su marido. Rompe en llanto y con un tímido gesto asiente de arriba a abajo mientras intenta cogerlo de la mano. J. Ignacio se aparta. Se da media vuelta. No puede dar crédito de todo lo que se le acaba de presentar delante en un instante. Ahora comienza a atar cabos y a darse cuenta de muchas cosas. Coge su maletín, el cual habia posado en la grava del terreno. Se dirige de nuevo a su mujer.
-No me vuelvas a mirar a la cara. ¿Está claro? No te vuelvas a dirigir a mi. No quieras saber nada de mi y por supuesto no tengas las agallas de llamar a nadie de mi familia. Te creía mucho más mujer, Segura-Roldán. (Se dirige ahora a su hijo Pedro) Pedro, hijo. Te enviaré mi nuevo número para que podamos vernos asiduamente, también te daré mi nueva dirección. Ten mucha suerte con esa chica porque, de verdad, tienes toda mi bendición. Ten mucha suerte en todo, hijo. A ti, Paloma, gracias por abrirme hoy los ojos. Y lo siento de veras también por ti. No es agradable darte cuenta al cabo del tiempo de haber estado viviendo una mentira.
J.Ignacio se despide de ambos menos. A Azucena le dedica una última mirada cargada de decepción y cierto asco. Ella se deja caer al suelo en llanto. Se levanta y se refugia corriendo en el interior de su casa. 
J. Ignacio se dispone a rodear la hacienda con tal de no volver a pisar la casa donde ha vivido engañado. Expresa a su hijo que se encargue de enviarle sus pertenencias a la nueva dirección cuando éste se la facilitase. Pero cuando está a punto de salir por la puerta el ruido cercano de un tractor le hace permanecer quieto. Es el tractor de Toño, quien junto a su hijo Enrique se acercan vociferando hacia la hacienda de los Segura-Roldán. Parece que el teatro aún no ha terminado. J.Ignacio lanza lejos su maletín. Fue dantesca la imagen de los papeles perdiéndose en el vuelo entre los olivos. Se quita también la chaqueta. El tractor avanza y él se pone en mitad del camino de grava que pasa frente a la puerta. Al parecer Abdulio, el cartero, vio como Paloma aparcaba y se metía en la finca de los Segura-Roldán y se lo contó a Toño, quien ahora a toda la velocidad que daba el tractor se aproximaba con cara de pocos amigos. Paloma se abraza a Pedro.

...C O N T I N U A R Á


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